Cuando el conocimiento cambia de manos
Actualizado: 3 oct
Cuando observamos con detenimiento, nos damos cuenta de los detalles en las movidas en políticas de drogas actuales por parte del norte del planeta. Es fácil perderse en el discurso, pero si estás atento, podrás advertir que no solo se está investigando.
Cuando hablamos de prácticas medicinales o espirituales, por siglos, muchas de estas prácticas no tenían patente, no tenían propietario y, mucho menos, tenían un modelo de negocio.
Las culturas originarias contenían un conocimiento vivo sobre las medicinas y sus procesos, un conocimiento relacional que se transmitía en contextos sociales propios de su cultura.
Hoy, ese mismo conocimiento entra en circuitos donde se aísla el compuesto, se estandariza la experiencia vivida con estas medicinas, se registra la propiedad intelectual, se convierte en protocolo para un fin aislado del bienestar colectivo y, finalmente… se convierte en producto.

La estructura se hace evidente cuando la línea entre lo colectivo y lo patentable se hace difusa. Entonces aparece aquí una tensión que va más allá de la discusión “a favor o en contra”.
Esto se trata de un proceso de traducción del saber a un lenguaje que pueda ser explotado económicamente, y no solo un tema de validación científica. Los modelos detrás de toda esta movida buscan la forma en que se pueda medir, replicar y escalar para que pueda entrar en el sistema, y es allí donde se separa la sustancia del contexto, se elimina el componente ritual o simbólico, se reduce la experiencia a un mecanismo neuroquímico y se encapsula en un protocolo clínico.
Y así, algo que era una experiencia integrada para transformar la existencia se convierte en una intervención administrable.
Al final, llegamos a un punto crítico a modo de ilusión del origen, porque justo cuando el sistema valida algo, muchas veces reescribe dicho origen, transformando el discurso del “esto ha sido utilizado por comunidades durante generaciones” hacia un “esto ha demostrado eficacia en ensayos clínicos recientes”.
Poco a poco se configura un proceso de desplazamiento y, en ese desplazamiento, lo ancestral deja de ser la fuente y pasa a ser el antecedente. Este cambio de orden lo cambia todo.
Acá no estamos debatiendo sobre si el problema es la investigación, la evidencia o las regulaciones. Es importante no caer en una simplificación fácil sobre “el riesgo de la ciencia”, porque los riesgos radican más en los intereses económicos que proponen definir los límites de lo que se considera válido.
Y empieza a modelarse nuevos límites que determinan qué se investiga y qué no, qué se financia y qué no conviene, qué se publica y qué se oculta, y hasta se crean nuevas reglas sobre las condiciones de qué es lo que está “permitido”.
En medio de todo esto, el conocimiento colectivo deja de expandirse con libertad y empieza a moverse dentro de estos márgenes “aprobados” y “funcionales” para el sistema.
Podría parecer mera conspiración, pero es cuestión de observar la dinámica detrás de estas decisiones. Por ventaja, mucho de lo que sucede hoy no es algo que se pueda ocultar demasiado; además, solo basta con ver que las dinámicas de estos sistemas siguen patrones donde lo que genera valor termina por ser absorbido.
En este momento, la salud mental, el trauma y la búsqueda de sentido se han convertido en uno de los campos de mayor interés global, y los psicodélicos entran ahí como un nuevo territorio de inversión, y no solo como esa herramienta terapéutica que ha sido usada por siglos sin una apropiación estricta.
Entonces debemos preguntarnos si, al final, es posible dejarnos empaquetar con todo y lo que representa la existencia, y que, desde luego, no es medible.
La experiencia subjetiva sin guiones, la dimensión espiritual, el vínculo humano como contenedor, la integración como proceso no lineal, el tiempo interno e individual que no responde a protocolos.
Depende de esta observación que el ser humano deje de estar en el centro.
No es necesario negar la ciencia. Así como reconocemos lo ancestral, podemos reconocer la ciencia. Es posible integrar ambas miradas, pero, de antemano, hay que asumir que sustituir una u otra es perderse en el discurso antes de llegar a lo nuclear.
En este punto, quizá la pregunta no es cuál es más válida, sino desde dónde estamos entrando a esto.
¿Como consumidores de una solución?
¿Como pacientes dentro de un protocolo?
¿Como exploradores de nuestra propia experiencia?
Cada una implica un marco distinto, un nivel distinto de responsabilidad y un resultado distinto.
Ahora que la regulación se abre y que los capitales empiezan a organizar, escalar y apropiarse de algo que durante mucho tiempo fue colectivo…
la pregunta no es solo si esto funciona; creo que es algo más incómodo que eso.
¿Hay disponibilidad para habitar un proceso con claridad y llevarlo a un nivel individual superior que mejore el colectivo de esta humanidad, o solo será algo para consumir como una solución más?



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